El Collage

El Collage

2007. Primavera.

            Maya llegó a la revista cansada, llevaba todo el día dando vueltas por Londres siguiendo al primer ministro junto a su compañero, Ted; como siempre, cámara en mano, había hecho fotos de todo lo que veía. Estaba deseando que el día se acabara para volver a la soledad de su apartamento.

            En cuanto llegó a la oficina se sentó frente a su ordenador y sacó la tarjeta de la cámara de fotos para introducirla en el lector. Al momento una pantallita se abría pidiéndole la acción a realizar. Abrió la carpeta, seleccionó las fotos del trabajo y las pegó en la carpeta compartida con la fecha de aquel día, después copió las que no eran de trabajo, las pegó en su pen drive, seleccionó todas las fotos y borró aquella memoria, devolviéndola después a la cámara.

            Aún tenía que redactar su columna de la siguiente semana, pero le faltaba algo de inspiración, parecía que lo dejaba para el último momento, pero en realidad es que no sabía qué demonios escribir sobre “el anarquismo londinense del siglo XXI”. Había visitado diferentes páginas web de jóvenes anarquistas, pero estaban vacías, sin contenido sólido. Le había prometido a su redactara jefe que lo tendría el lunes a primera hora, ya era jueves y continuaba en el mismo plan. Lo único que quería en aquel momento era llegar a casa, encender su equipo portátil y revisar aquellas otras fotos hechas durante la mañana. Se pasaba horas mirando las fotos ocasionales que realizaba, observándolas, intentando que alguna de ellas le inspirara algo.

            Desde pequeña le había gustado la fotografía, era su mayor entretenimiento. Hacía ya cinco años, justo el mismo año que se mudó a Londres, su padre le había regalado una súper cámara en un vano intento por acercarse a ella. Maya nunca había entendido cómo su padre se había olvidado tan rápido de su madre, tan sólo un año después de su muerte él ya andaba tonteando con Inés, hasta que tras el segundo aniversario de la muerte de su madre se casaron. Ella aguantó hasta terminar la carrera, algo que por otra parte le parecía un acto muy egoísta, y con la excusa de aprender inglés se fue a Londres un año y ya no volvió. Llamó a su padre cuando él ya la esperaba en el aeropuerto de Madrid y le comunicó que se quedaría allí indefinidamente. Nunca supo el daño que aquello causó a su padre, nunca se preocupó por saberlo. Iba a Madrid una vez al año, por Navidad, pasaba unos días con ellos y se volvía al que ella consideraba su hogar.

            Llegó a su casa rendida, se paró frente a la puerta buscando las llaves en su bolso. Abrió y suspiró, empujó con el pie hasta que la hoja de la puerta se abrió por completo y buscó la llave de la luz. Miró a su alrededor, observando su pequeño salón. Todos sus muebles, excepto la cama y el armario, estaban allí. Un cómodo sofá de tres plazas, una mesa de centro de metacrilato, rectangular, de cantos redondeados y un par de pufs a juego con el sofá, todo en una esquina, junto a una gran ventana. Al otro lado una pequeña mesa cuadrada de 1,20 x 1,20 rodeada por cuatro sillas. Aquello debía tener, si acaso, unos 15 metros cuadrados. A la derecha estaba su habitación, en la que la cama parecía estar empotrada entre la pared y el armario. Se tumbó en la cama, a su derecha quedaba la ventana, a su izquierda el armario y junto a la puerta, que le quedaba de frente, una pequeña cómoda de tres cajones, ni siquiera tenía mesita de noche. Cerró los ojos un momento y se decidió a ponerse el pijama. Salió de la habitación, justo enfrente estaban la cocina y el baño y junto a la habitación, del mismo tamaño que el baño, un pequeño estudio donde tenía el ordenador, aunque un espacio tan pequeño la agobiaba de tal manera que terminó comprándose un portátil y aquel apenas lo utilizaba. Lo único que le interesaba de aquel estudio era el plotter que ocupaba casi toda la estancia, que era donde imprimía las fotos. A veces pensaba que aquella impresora era casi tan grande como la mesa del comedor. Se dirigió al frigorífico y lo abrió buscando algo con lo que alimentar su cuerpo. Por el camino ya había encendido el ordenador que descansaba esperándola sobre la mesa de centro. Cogió algo de fruta y unos panecillos de ajo y se fue a sentarse al sofá; sintió frío, así que se tapó con una manta que reposaba a un lado del asiento. Se sentía cómoda en aquella casa, pero tenía que reconocer que era demasiado fría para el tamaño que tenía.

            Encajó el pen drive en una de las entradas USB del equipo y descargó las fotos. Las observó durante un rato una a una, hasta que encontró lo que buscaba, abrió su editor de texto y escribió unas líneas, le puso un título y a la foto le puso el mismo nombre, los guardó juntos en una carpeta y el resto de las fotos fueron a la carpeta de “descartadas”. Envió la foto a la impresora, la recogió en el cuartillo, la pegó sobre una cartulina doblada y a mano, en el interior de la cartulina, reprodujo el texto que acababa de escribir, poniendo la fecha. Siempre hacía lo mismo, cuando una foto le inspiraba algo escribía unas líneas sobre aquello que movía su corazón y lo manuscribía tras la foto. Cogió algo de cinta adhesiva de dos caras, la puso tras la foto e intentó buscar un hueco en un metacrilato azul traslucido enmarcado que colgaba de una pared. Ya apenas quedaba sitio y eso que media tres metros de ancho por dos de alto. Llegó a dos conclusiones, o dejaba de hacer fotos o se mudaba a un piso mayor. Al momento desechó las dos opciones, su pasión era la fotografía, por lo que dejarlo era absurdo y no podía permitirse vivir en un piso mayor, así que se paseó por allí buscando un lugar donde colocar otro trozo de metacrilato enmarcado para seguir colgando fotos.

            Puso la tele mientras comía y buscó noticias. A las ocho ya estaba que se caía del sueño, así que se metió en la cama y en unos minutos ya soñaba con el corto poema que acababa de escribir.

            Eve la esperaba impaciente en la puerta de la revista, sólo faltaban dos minutos para que su jornada comenzara. Ella era su jefa y su única amiga allí. Desde el primer día congeniaron, a Maya siempre le pareció una chica guapa y simpática, muy del estilo inglés, a veces un tanto estirada, pero mientras más la iba conociendo más la quería. Era rubia, alta y de piel clara. Maya sin embargo era todo lo contrario, tipical spanish, de pelo oscuro, largo y rizado, formas redondeadas, pechos turgentes, ojos marrones y piel canela, como Eve decía, tipical spanish. Para los ingleses ella estaba morena todo el año, para ella, ellos eran casi transparentes.

            Recordó el sol de España en cuanto vio a su amiga, era lo que más echaba de menos de su país. Allí siempre estaba nublado y eso que era primavera, un día de sol en Londres era comparado con el día de la fiesta nacional. La gente se tiraba a la calle en cuanto podía y los parques aparecían abarrotados de repente. Le había prometido a su amiga que algún verano irían a España de vacaciones, a Eve le habían hablado muy bien de la costa del sol y estaba loca por ir. Cada vez que amanecía un soleado día la chica le recordaba su promesa, intentando que ella no tuviera intención de incumplirla, por lo que aquel verano viajarían a la costa de sol o de la luz o a la que fuera, pero española.

            Aquella mañana no tendría que salir, se propuso comenzar y acabar su columna y enviársela por correo a Eve, así no le daría el coñazo el fin de semana, Maya la había invitado a dormir en su casa y no quería darle excusa alguna para pasarse el tiempo hablando de trabajo.

            Antes de la hora de comer ya tenía preparada y revisada aquella absurda columna. Eve se alegró, ya pensaba que nunca lo haría.

            El sábado a medio día Eve aparecía en su casa con una botella de bourbon en las manos, dispuesta a pasar el fin de semana con su amiga, Maya ya tenía la comida preparada y se sentaron a comer. Hablaron un rato de chicos, del trabajo y de si saldrían por la noche o no. Tras recoger todo lo de la comida se sentaron en el sofá y comenzaron con los chupitos de aquella bebida espirituosa, entonces Eve se fijó en el metacrilato azul traslucido de Maya, ya no había sitio en él. Se levantó y se acercó, observando todas aquellas fotografías, un momento después paraba su vista en la última que su amiga había colgado, la miró y después la abrió, leyendo aquellas palabras escritas.

“Buscar el consuelo tras los ojos de la muerte

y encontrarme sin querer

con la vida de una antigua sonrisa.

Tu boca, desprovista de misterios

ansiando mi boca,

tu cuerpo empachado de deseo,

desafiando a mis ganas.

Y yo busco el consuelo

tras el rastro de muerte de mi alma,

anhelando una caricia rota por el tiempo,

rememorando un viejo recuerdo ajado.

Atada a la prisa

de mis palabras vanas.”

            Eve recitó aquellas palabras como si las hubiera sentido ella misma. Se quedó un poco más mirando la bonita letra de Maya, después volvió a colgar la foto de aquel chico en su muro y se sentó a su lado. Sólo se veía desde la mitad de la frente hasta la mitad de la nariz de aquel chico, centrando la foto en aquellos ojos tristes.

  • Es el dolor de un recuerdo.
  • Cada vez entiendes mejor el español.
  • Sí, cinco años son muchos, casi lo hablo perfectamente, aunque prefiero hablar contigo en inglés, lo hablas mejor que yo tu idioma.
  • Ya, será que tengo más práctica.
  • ¿Por qué siempre escribes en español?
  • No lo sé, me sale así.
  • ¿Sabes? Ya llevo mucho tiempo dándole vueltas, creo que sería bueno hacer un apartado en el que puedas publicar estas cosas que escribes, son preciosas.
  • No sé, me da corte.
  • ¡No seas tonta!, puedes buscarte un seudónimo. Las registramos para que no puedan plagiarte y las publicamos.
  • No lo veo Eve.
  • Piénsalo, el lunes quiero una respuesta. Además, ya me estoy moviendo a ver cómo va eso de las exposiciones fotográficas.
  • Te dije que no.
  • Pero ¡es que el mundo necesita ver lo que tú ves!
  • Eve…
  • Esto no admite discusión. Sé que en el fondo lo que te ocurre es que te da vergüenza el reconocimiento público, pero ya haremos algo, tú déjalo en mis manos. Estoy negociando con un amigo que trabaja en un hotel a ver si nos dejan una sala gratis y en tu impresora podemos hacer los carteles y Mike me ha prometido unos dípticos, gratis. En cuanto yo lo tenga todo preparado tú lo único que tienes que hacer es comprarte un vestido bonito y acompañarme.
  • Está bien, llevas mucho tiempo con esto y sé que no lograré hacerte cambiar de opinión.
  • Maya, déjame intentarlo.
  • Vale, lo acepto, todo, pero el precio de la columna de mis escritos lo pongo yo.
  • Si tienes éxito al final escribirás un libro recopilándolas, ya verás. A ver, lo importante es el seudónimo – dijo sirviendo otros dos chupitos – ¿Qué te parece alma alada?
  • Demasiado cursi.
  • ¿Y amor de fuego?
  • ¡Eve! ¿Y si solo ponemos Maya y listo?
  • ¿Tú crees? – preguntó arrugando la nariz.
  • Sí, hay muchas Mayas.
  • No creo que en Inglaterra haya muchas.
  • Bueno, pero puede ser cualquiera de ellas.
  • Como prefieras, yo era por si no querías poner tu nombre.
  • No me importa, de verdad, mientras no os empeñéis en poner mi foto…
  • De eso nada, estropearías la revista.
  • ¡Oye! – le recriminó mientras Eve se moría de la risa.
  • Está bien, en el próximo número sacamos la primera. Elijamos una al azar, ya sabes que a mí me gustan todas.

            Las dos se dirigieron al muro entre risas, unieron sus manos señalando con sus dedos índices unidos, trazaron un invisible círculo en el aire y posaron sus dedos sobre una foto. El lunes a primera hora irían a registrar todos sus poemas y aquel sería el primero en publicarse.

  • ¿Conoces a ese chico de la foto?
  • No, estaba sentada en un bar, esperábamos a que el primer ministro saliera. Ese chico pasaba por allí y de repente se paró, mirando a la chica que estaba en la mesa de al lado. Imagino que habrán estado juntos antes y sigue enamorado de ella.
  • ¿Qué sentiste?
  • Así era como Manu me miraba, en el mismo instante de conocerme ya sabía que me perdería y siempre me miraba con amor, hasta que sus ojos se llenaban de ansiedad y su boca se torcía en una sonrisa forzada.
  • ¿Le recuerdas mucho?
  • No, a veces, pero pocas. Fue hace mucho tiempo y ya hace mucho que no duele, ya sabes.
  • ¡Pobre chico! Seguro que sufre.
  • Ya me habrá olvidado, el tiempo todo lo cura.
  • ¿Otro chupito?
  • ¡Claro!

            Terminaron durmiendo la borrachera en el sofá, una casi encima de la otra. El domingo fue domingo de resaca, casi ni hablaron hasta que Eve decidió irse a casa.

            Aquel lunes por la mañana fue provechoso, registraron todos aquellos poemas en un momento y justo cuando salían recibían una llamada del amigo de Eve, el del hotel. Tendrían una sala disponible dos semanas después, sin pagar nada, pero si se vendía algo querían el 10%. Las dos se pusieron nerviosas, ¿dos semanas? No tenían tiempo para nada, había que hacer la selección de las fotos, ver cómo las pondrían y lanzar la publicidad. Eve, como siempre, prometió encargarse de todo. Por suerte, cuando Maya tenía algo de tiempo, se dedicaba a traducir los textos al inglés, por eso habían podido registrarlos sin problemas en los dos idiomas, al menos eso ya estaba hecho. Tras el trabajo ella se dedicaría a seleccionar las fotos, lo demás corría por cuenta de su amiga. En dos días, aquel miércoles, lo tuvo todo solucionado, colgarían las fotos en placas de metacrilato azul traslucido, como el de su casa y las pagaría la revista, estaban encantados con promocionar aquello. Eve sospechó que presentarían algo al gobierno para coger alguna subvención, pero no le importó, si los patrocinaban no tendrían gastos y además podría pagar a Mike. En cuanto salió del despacho de su jefe llamó a su amigo para que tuviera listo los folletos, habían pensado que el tamaño adecuado para las fotos debía ser 20×30 centímetros, más el margen en el que irían los textos. La exposición sería un viernes por la noche.

            Se pasaron el resto del tiempo recogiendo mercancía, repartiendo folletos por todos lados y pegando carteles donde podían. Uno de los botones se encargaría de repartir folletos a todos los huéspedes del hotel, al menos alguno iría. Como pagaba la revista contrataron al catering del hotel para que sirviera unas bebidas y algo de picar.

Aquel viernes, esperando ya en el hotel, recordaron que ni siquiera habían puesto su nombre. Nadie sabía quién hacía esa exposición, pero a Maya eso la tranquilizaba. Mike llegó una hora antes, las puertas aún estaban cerradas y buscó a Peter para averiguar dónde estaban.

  • Hola Peter ¿Y las chicas?
  • Les he dejado una habitación vacía para que se cambien, están muy nerviosas.
  • ¿A qué hora se abre?
  • A las siete.
  • Deben estar que se suben por las paredes.
  • Creo que sí. Están en la 102, sube y convéncelas para que bajen ya.
  • Voy ahora mismo.

            Mike subió los escalones de dos en dos, conocía a Maya desde hacía tiempo y le hacía mucha ilusión aquello. Llamó a la puerta y Eve le abrió, estaba preciosa, pero cuando vio a Maya se quedó sorprendido. Siempre la había visto con aquellas ropas grandes, informales, sin maquillar y con el negro pelo revuelto. Aquella no era Maya. Llevaba un vestido negro ceñido al cuerpo, su pelo estaba recogido en un moño alto y sus ojos resaltaban maquillados en negro, con los labios de un suave tono rosado. Sus largas piernas estaban rodeadas por el fino entretejido de unas medias de cristal negras y aquellos tacones la hacían medir al menos diez centímetros más. Estaba alucinado, ya le parecían guapas sin maquillar, pero en aquel momento, aquellas dos chicas, le parecieron lo más bello del universo. Ellas terminaban de recoger sus cosas mientras él, sin palabras, las miraba asombrado. Bajaron media hora antes de la hora de apertura y se sentaron en unos sofás que había en recepción, observando si entraba alguien o no. Mike aprovechó para dejar las cosas de las chicas en su coche.

            Los primeros en llegar fueron sus compañeros de trabajo. Iban todos muy bien vestidos, elegantes y las saludaban nerviosos cuando veían que la sala estaba vacía. Llegaron quince en total, así que el catering comenzó a servir bebidas. El último de la empresa en llegar fue el jefe, que se alegró de ver que habían cumplido su cometido con aquellos dos grandes carteles en la puerta publicitando la revista. Poco a poco fue entrando gente en aquella sala y casi una hora después algunos huéspedes también hacían su entrada. Maya estaba tan nerviosa que se exasperaba cada vez que escuchaba el ding del ascensor. En aquella ocasión salieron de él dos chicos y un hombre mayor, ella se estaba levantando para entrar y se fijó en uno de aquellos chicos, era guapo y la miraba. Dejó que entraran y después entró ella.

            Maya en realidad esperaba más jolgorio, pero allí únicamente había silencio. A veces se escuchaba el sonido de los pies arrastrando por el suelo, podía incluso oír las voces susurrantes de quien leía en voz baja. Maya les había pedido discreción, pensaba que mientras más tiempo estuvieran sin saber que la autora era ella, mejor.

            En cuanto entró se bebió dos copas de vino, si aquello era un fracaso sería nefasto para ella, pero sufría más pensando en la ilusión que habían puesto sus amigos, ¡ellos sí que se decepcionarían! Decidió actuar como si fuera un invitado más y recorrió sus propias fotos, sonriendo cuando leía los poemas más evocadores.

            Se giró para seguir, sin darse cuenta de que había alguien a su lado. Se chocó con algo negro y levantó la cabeza mientras pedía perdón, era el chico del ascensor. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Maya, él ni siquiera se había dado cuenta de que ella había chocado con su cuerpo y le había pedido perdón. Le miró con el entrecejo fruncido y encolerizada volvió a chocarse con él, esa vez queriendo, sacando su mente del lugar donde estaba.

…/… Continua

Valoración del capítulo:
5/5

Primer Amor

Primer Amor

Capítulo 1

          Al principio yo era como una princesa encerrada en un castillo. Ni el aire podía tocarme, ni una mala mirada se posaba sobre mí. Tenía 17 años y el mundo me parecía maravilloso. Después el tiempo borró mi sonrisa y la sustituyó por un gesto amargo. ¡Que dura es la vida de una adolescente!

          A mis 17 años me sentía la persona más afortunada del mundo; salía con un chico, para mí el más guapo del planeta, para otras chicas, la mayoría, también. Él cuidaba de mí y me hacía sentir diferente, deseada, amada. Pero el tiempo, en vez de unirnos, comenzó a separarnos. Poco más de un año después de comenzar lo nuestro comprendí que se había acabado. No me llamó, no habló conmigo para dejarme, ni me partió el corazón con su indiferencia. Simplemente dejó de estar en mi vida y todo mi mundo se vino abajo.

          Durante larguísimos meses no fui yo misma, sólo era un retazo de mí. Era una lágrima hecha persona, no quería salir, ni comer, ni hablar, lo único que quería era desaparecer, sacar de mi interior el dolor que sentía. Tenía 18 años y mi vida carecía de sentido. A veces me hacía más daño el sufrimiento que les estaba causando a mis padres que el mío propio, pero no podía evitarlo, por más que intentaba recuperarme no podía, me moría por recibir una llamada suya, aunque únicamente fuera para confirmar lo que ya sabía. Me pasaba el tiempo en mi habitación, recordando su sonrisa, su pelo, sus ojos, sus manos sobre mí. Aquello no era sano, pero el único fin de mi vida era amarle a él.

          Desde que todo acabó y hasta mi 21 cumpleaños le vi en dos ocasiones, una de casualidad en un centro comercial, de lejos, y otra el día de mi cumpleaños. La primera vez me sentí morir. Hacía un par de años que nos habíamos mudado a Utrera y tal vez fuera esa la razón por la que había conseguido escaparme de su presencia. Sé que me miró, pero se dio media vuelta y se fue. La segunda vez fue en mi cumpleaños, era el día de navidad y su familia vino a merendar a mi casa, nuestros padres eran muy amigos. Fue toda una sorpresa. Yo ya conocía a mi amiga Candela, le saludé, le presenté a mi amiga y me pasé el resto del día ignorándole. Lo malo fue que Candela no sabía nada de aquella historia y tuve que contárselo todo.

          Con el paso del tiempo fui acostumbrándome a vivir con aquello, ya no era amor, era una especie de anhelo absurdo que insistía en él y volvía a mí en forma de sueños. Muchas, muchas veces soñé con él, unas veces eran sueños que me llenaban de desesperación, de ganas de él, y otras crueles pesadillas.

          Afortunadamente crecí. Comencé a trabajar en Exportrack en cuanto terminé el master. Al finalizar la carrera de ciencias económicas hice las prácticas allí, me fui después a hacer un master en comercio exterior y al volver, en cuanto llamé para ofrecerme, me contrataron. El sueldo era normal, pero por algún sitio había que empezar. Mi vida era un poco aburrida, de casa al trabajo y del trabajo a casa, menos mal que mi amiga Candela me sacaba los fines de semana. A veces me agobiaba pensar que le quitaba tiempo para estar con Teo, su novio, pero ella insistía en que era obligación de los dos sacarme los sábados a bailar.

          Ya llevaba dos años trabajando en Exportrack. A mis 26 años mi vida sentimental era nula, en realidad se limitaba a esporádicos encuentros sexuales con desconocidos, el chico que más me duró fue uno con el que estuve tres semanas. Hasta que conocí a Javier, él no quiso nada conmigo y eso llamó mi atención. Aquel chico era guapo, metro ochenta, rubio de ojos claros, tez infantil, demasiado delgado tal vez. En realidad era todo lo contrario a lo que había estado buscando hasta aquel momento y tal vez por eso me gustó. Pasamos un sábado entretenido charlando, de repente desapareció, tenía que marcharse. Yo continué con mi rollo de siempre, estaba hasta las tantas en la discoteca con Candela y Teo y llegaba a mi casa pensando que lo mejor era dejar de salir.

          Aquel año mi padre se jubilaba y día tras día discutía con mi madre sobre lo qué harían con su futuro. Yo intentaba mantenerme al margen, mi vida ya era un caos como para encima tener que soportar las alocadas ideas de mis progenitores. Sabía que terminarían marchándose a algún sitio, pero no me preocupaba.

          Ese Domingo, como otros días, me desperté sobresaltada, dando un grito. No me di cuenta de que Candela dormía en la cama de al lado y la desperté. Eran las diez de la mañana, hacía tres horas que nos habíamos acostado, tras la marcha nocturna yo me había quedado a dormir en su casa. La pesadilla había sido horrible y sudaba como si hubiera corrido la maratón. Aquellas imágenes aparecieron de nuevo en mi mente, claras, horribles y comencé a jadear de desesperación.

  • ¿Otra vez una pesadilla? Últimamente tienes muchas.
  • Sí – dije – ¡parecía tan real!
  • ¿Marcos?
  • Sí, no lo sé, era otro por fuera, pero por dentro era él. Me perseguía y yo corría para que no me alcanzara.
  • Creo que tu obsesión por ese chico se merece un estudio psiquiátrico o psicológico.
  • Tal vez.
  • ¿Son más seguidas?
  • No, bueno, casi todas las noches sueño cosas raras. Hacía mucho tiempo que no soñaba con él, pero en las últimas semanas…
  • Bueno, es temprano, durmamos.
  • Sí. – dije sin estar muy convencida.
  • Al menos inténtalo.
  • Lo haré.

          Al momento Candela roncaba. Me sentía inquieta, muy de vez en cuando aquellos recurrentes sueños volvían a mí, destrozando el poco equilibrio que mi vida tenía. Cuando soñaba con él me pasaba días enteros dándole vueltas a todo y aquel domingo fue uno de esos días. Me pasaba el tiempo pensando en que tal vez lo mejor fuera, de verdad, ir a un psicólogo. Candela me dejaba hacer y mi madre se pasaba todo el día diciéndome que estaba muy rara. Sabía que mis padres de vez en cuando se veían con los padres de Marcos, pero hacía mucho tiempo ya que les había pedido que no me hablaran de ellos. Mis padres conocían la historia, así que me daban el gusto.

          La sede de Exportrack estaba en la isla de la cartuja. Hacía unos años que vivíamos en Utrera, una pequeña ciudad a veinte kilómetros de Sevilla. Mis padres habían elegido una zona tranquila de casas pareadas, así que cada mañana cogía el cercanías, enlazaba con la línea uno del metro en la estación de San Bernardo y después con la línea cuatro hasta la cartuja, tras el paseo en metro me esperaban cinco minutos caminando. En total el trayecto duraba poco menos de una hora. Cada día me levantaba a las siete, desayunaba, cogía el cercanías de las ocho y a las nueve menos diez me bajaba del metro para caminar mis cinco minutos. Casi siempre llegaba al trabajo enfrascada en la lectura de algún periódico gratuito, después me sentaba frente a mi ordenador y ya no tenía tiempo ni para respirar el aire que entraba por la ventana. Comía algo ligero en la sala de descanso sobre las dos y media y a las tres y cuarto volvía al trabajo hasta las seis. A las siete volvía a estar en casa. Mi jefe quería cambiarme el horario y ponerme de ocho a tres, me quitaba una hora diaria, pero no sólo no me interesaba por el sueldo, levantarme a las siete ya no me hacía mucha gracia, así que a las seis era pedir demasiado. Prefería entrar a las nueve y salir a las seis, de todos modos las tardes solían ser muy aburridas, tener más tiempo libre significaba aburrirme durante más tiempo.

          Un sábado, como otro cualquiera, mi móvil sonó. No reconocí el número y descolgué con desgana.

  • ¿Si?
  • ¿Ana?
  • Sí, soy yo.
  • Soy Javier.
  • ¡Hola Javier! – dije contenta.
  • ¿Qué haces hoy?
  • Pues de momento no lo sé, estoy esperando a que me llame Candela. ¿Qué hora es?
  • Son las cuatro.
  • Es temprano. No sé, de momento no haré nada.
  • ¿Te apetece un café?
  • Bueno, ¿Dónde?
  • Voy a verte, de hecho voy de camino por la autovía. Acabo de pasar la entrada de Alcalá.
  • ¡Ah…! – dije sorprendida.
  • ¿Dónde nos vemos?
  • No sé, ¿Conoces el Aquelarre?
  • No.
  • En cuanto llegues a la primera rotonda aparca a la derecha, voy a buscarte allí.
  • Vale, tardo diez minutos.
  • Nos vemos.

          Me extrañó que me llamara, sobre todo porque yo no le había dado mi teléfono, seguro que se lo había dado Teo. Estaban deseando, los dos, que me echara un novio, pensaron que tal vez Javier fuera el más indicado y la verdad era que teníamos muchas cosas en común. Hacía dos semanas que le había conocido.

          Al llegar me esperaba apoyado en su coche, un Megane descapotable en color azul eléctrico. Tras los dos besos de rigor nos montamos en el coche.

  • ¿Vamos mejor a Sevilla? He quedado después con unos amigos para cenar.
  • Como quieras, pero… – en ese momento miré mi ropa, tal vez no fuera la más indicada.
  • Vas bien, no saldremos de marcha, sólo a cenar y tomarnos unas copas en algún pub.
  • Si me hubieras avisado me arreglo un poco más.
  • Estás muy guapa así, la verdad es que hoy me gustas más que el otro día. No te va ir tan emperifollada.
  • Gracias
  • Ponte el cinturón.
  • Voy…

          Arrancó mientras yo me ponía el cinturón. Al chico no le importaba que en la autovía hubiera radares de control de velocidad, no bajó de 120 Km/h en todo el camino. Primero fuimos a un pub que había cerca del centro comercial los arcos, frente a Santa Clara, el bye. Era un lugar agradable, había tanta gente que apenas había sitio, pero conseguimos sentarnos en una mesa. Nos pasamos la tarde hablando de nuestros trabajos, de los planes que teníamos para el futuro, de la música que nos gustaba, de las vacaciones… fue divertido, era un chico muy divertido. Sobre las siete nos fuimos a pasear y cuando quisimos darnos cuenta ya era la hora de acudir al restaurante en el que habíamos quedado. Lo pasé genial con toda aquella gente. Eran amigos del instituto de Javier, que quedaban un par de veces al año para verse y contarse sus vidas; aquello me gustaba, yo añoraba a mucha gente de aquella época, tal vez debía promocionar algo así a ver si alguien se apuntaba.

          Sin darme cuenta, poco a poco, Javier se hacía un hueco en mi vida. De lunes a jueves era lo de siempre, pero el viernes a las once de la noche siempre llamaba a la puerta de mi casa y ya no me dejaba en todo el fin de semana. Al principio lo llevaba bien, éramos como amigos, no habíamos pasado de un par de besos en su coche y caminar agarrados de la mano. Me dejaba llevar, me sentía a gusto a su lado, siempre hacíamos cosas diferentes y eso me gustaba. Aquel descapotable se había convertido en mi sueño del fin de semana. Cada día iba a recogerme a Utrera, fuéramos donde fuéramos después. Yo insistía una y otra vez en que era mejor que quedáramos en algún sitio de Sevilla y que me recogiera allí, pero él siempre contestaba “A saber dónde terminamos hoy, yo voy a recogerte y ya veremos.”. Y yo… le dejaba hacer. Mis padres se tomaron bien aquello, nadie se lo había presentado formalmente y apenas le habían visto a través de la ventana, pero me veían contenta y eso era lo único que les importaba.

          La mayoría de las veces salíamos con Candela y Teo, los cuatro juntos. Mis amigos estaban encantados con aquella situación.

          Era abril. Candela y yo fuimos al centro a ver escaparates y a comprarnos algo de ropa, se acercaba el buen tiempo y como siempre, yo nunca tenía nada que ponerme, nunca sabía qué comprarme, nunca encontraba nada que me gustara, pero me encantaba estar con Candela, así que me aguantaba. Estábamos en una gran tienda, cuando miraba a lo lejos parecía que los percheros nunca se acababan y Candela quería verlos todos. Oí una voz a mi espalda, me sonaba de algo. Intenté hacer caso omiso a aquella voz, Candela cogía ropa, se la ponía sobre el cuerpo y después la ponía sobre el mío. Me comentaba que aquel sábado iríamos a una discoteca diferente, se llamaba Mi Tiempo Contigo, pero al parecer todo el mundo la llamaba la MTC, nunca habíamos ido. A los pocos minutos no pude aguantar más y miré hacia atrás. Era Amparo, la hermana de Marcos. Hacía cinco años que no la veía.

  • ¿Amparo? – dije alucinada.

          La chica me miró sorprendida, sólo me había visto de espaldas y no me había reconocido, evidentemente. Alucinó cuando me vio.

  • Hola Ana.
  • Mira Cande, es Amparo, la hermana de Marcos.
  • Encantada – dijo Candela dándole dos besos.
  • Él es David, mi novio.

          El chico nos dio dos besos e intentó mantenerse al margen. Candela hizo lo mismo, estaba pendiente de nosotras pero no dejó de mirar la ropa que había a nuestro alrededor.

  • Te veo bien Amparo ¿Cómo lo llevas?
  • Bien, no me va mal.
  • ¿Y tus padres? Hace tiempo que no les veo.
  • ¿No? Pensaba que a ellos sí los veías.
  • Que va, cuando quedan con mis padres se van por ahí, así que… ¿Sigues estudiando o trabajas?
  • Trabajo – y se hizo el silencio.
  • Tu hermano bien, ¿verdad?

          Le pregunté en realidad para quitarle importancia, para mí misma, para demostrarme que no me importaba… y para darle conversación, estaba siendo muy seca conmigo.

  • Sí, como siempre. Trabajando y haciendo mil cosas. ¿Y tú qué tal?
  • Bien, tengo un trabajo que me gusta y en casa, bueno, ya sabes como es mi relación con mis padres.
  • Siempre has tenido suerte – dijo con ironía
  • Siempre no – le dije en tono serio.
  • ¿Y de chicos?
  • Bueno, no va mal, ahora salgo con uno, nos va bien. Poco a poco. ¿Vosotros lleváis mucho tiempo?
  • Dos años. Mi hermano también sale con una chica.
  • Me alegro. ¿Sabes? Te recordaba más simpática, ¿Tal vez tienes algún problema conmigo?
  • Ya lo sabes.
  • No, sinceramente no lo sé.
  • Le hiciste mucho daño
  • ¿A quién?
  • A mi hermano.
  • ¿Eso es lo que te pasa? Perdona pero fue él quien me dejó.
  • Se merecía otra oportunidad y no se la diste. Le destrozaste la vida.
  • Mira, no lo sabía, pero él nunca me pidió otra oportunidad, tal vez, antes de juzgarme y guardarme rencor de por vida, deberías conocer toda la historia.
  • Sólo me interesa la parte de la historia relacionada con mi hermano.
  • Ya, pero eso es sólo la mitad de la historia. Me costó mucho olvidarme de él, también él destrozó mi vida.
  • Pues no se nota, te ha ido muy bien.
  • ¿Y a él también no?
  • Nunca ha sido feliz. Por tu culpa.

          Aquellas palabras me llenaban de angustia. El tremendo dolor que me hizo pasar revivía en mí, invadiendo cada célula de mi cuerpo. Marcos me abandonó, de una forma cruel, y para su hermana yo tenía la culpa, yo era la responsable de la infelicidad de su hermano. Su novio se acercó a ella y le acarició el brazo, pidiéndole tranquilidad. La miré con tristeza, era hora de marcharnos.

  • En fin, me ha gustado verte, estás muy guapa
  • Gracias
  • Hasta otra Amparo.
  • Hasta nunca.

          Me olvidé del tema, era una tontería darle vueltas al asunto. Sabía que el día de mi 21 cumpleaños él había ido a mi casa porque quería algo, pero yo ya había conseguido dejar de llorar por él y no estaba dispuesta a darle ni siquiera la oportunidad de ser mi amigo.

          Llegó el sábado, me habían hablado de aquella discoteca, pero para mi gusto era demasiado pija. Al entrar me quedé sorprendida, la música no era lo que me esperaba. Estaba llena y la gente bailaba sin parar. Lo mismo un merengue que un lento, cada hora aproximadamente cambiaban el tipo de música, parecía una discoteca para locos. Yo nunca había bailado salsa y Javier, al que le encantaba ese tipo de música, se empeñaba en enseñarme unos pasos. Mis pies se cruzaban con los suyos y yo le miraba asustada, seguro que en algún momento mi tacón se incrustaba entre sus dedos o en su empeine. Me había puesto un vestido negro, corto, con tirantes, una rebeca del mismo color me abrigaba del poco frío que hacía, pero allí dentro hacía calor, así que terminé quitándomela y dejándola en el guardarropa. Mis piernas estaban vestidas con una medias de verano color carne y calzaba zapatos de tacón negro. Mi bolso también descansaba en el guardarropa.

          En una de las alocadas vueltas que Javier me hacía dar sobre mí misma le vi. Estaba frente a mí, a unos cinco metros, en la escalera, le veía por encima del resto de la gente, tenía una copa en las manos y me observaba, hacía dos horas que habíamos llegado, me puse seria de pronto, no me lo esperaba. En la siguiente vuelta levantó su copa y me hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Intenté sonreír, pero mi sonrisa sólo la vio Javier. Cuando terminó la canción le pedí a Javier un momento de relax, miré a Candela intentando llamar su atención mientras Javier iba a la barra a pedirnos algo de beber, llevábamos toda la noche compartiendo bebida. Candela me miró ante el movimiento de Javier y yo miré en dirección a Marcos. Ella siguió mi mirada y su cara de sorpresa lo dijo todo, le saludé con la mano y su sonrisa me atravesó como un cuchillo. No pude dejar de mirarle, aquel pelo negro alborotado, siempre le había gustado llevarlo un poco largo, sus ojos oscuros rodeados de largas pestañas, su nariz recta, perfecta, sus labios carnosos, su mandíbula, el hoyito en su barbilla… tenía perilla y bigote. Se apartó un mechón de pelo que había caído sobre sus ojos. Recordé sus manos fuertes, grandes. Se parecía a Johnny Depp, pero más grande, más fuerte, mucho más atractivo y cercano. Me llené de ansiedad, ¿por qué tardaba tanto Javier? Me acerqué a Candela y ella comprendió, nos pusimos a hablar, tal vez debíamos irnos de allí estando él.

  • Si quieres nos vamos – gritó Candela junto a mi oreja.
  • No, esto debería estar superado. Nos quedamos, parece que a Javier le gusta este sitio. No pasa nada.
  • ¿Estás segura?
  • Hace mucho tiempo ya…
  • Como quieras, pero si te agobias nos vamos.
  • Vale – dije esperando no agobiarme.
  • Mira, ahí viene Javier.

          Mi supuesta pareja llegó alargándome un vaso. Ron con cola. De un sorbo me bebí la mitad del vaso.

  • Después de lo que he tardado no quisiera tener que ir a por otro.
  • Ya, perdona, me has dejado muerta de sed con tanto baile.
  • ¿Quieres seguir bailando?
  • Bueno – dije con cara de que no me apetecía.
  • Si estas cansada podemos dejarlo un poco ¿Te apetece mejor salir fuera?
  • No, aquí estamos bien.

          Había que hablar con las cabezas pegadas. Tras cada frase mía, Javier se separaba un poco de mí, me sonreía y después me contestaba. Pusieron un tango, cerré los ojos un instante y me perdí en mis recuerdos.

  • No sé bailar tango, te voy a dejar descansar un poco.
  • Yo sí sé – le dije – con 17 años di clases.
  • Enséñame.

          Se bebió casi todo el licor de un trago y me dejó un poco, que yo bebí desesperada. Dejé el vaso a un recoge vasos que pasaba cerca de allí y agarré a Javier. Le di las primeras instrucciones, él miraba mis pies mientras yo le gritaba lo que tenía que hacer, pero para él era más difícil de lo que pensaba. Candela y Teo se partían de risa ante nuestros intentos de sacar algo en claro de aquello, de pronto Javier se volvió, alguien daba toquecitos en su hombro. Marcos le miraba divertido, le dijo algo al oído y él asintió. Se dirigió a mí y me agarró, dispuesto a bailar. Mi compañero de Tango.

          Dimos una pequeña vuelta apartando a la gente, haciendo hueco para poder bailar. La mayoría de la gente no sabía bailar tango, así que no fue difícil. Nos paramos en medio de la pista, mirándonos, esperando un segundo tema. El agarró mi cara poniendo sus dedos a los lados de mi boca, obligándome a mirarle, se acercó a mí, haciéndome respirar su aliento, que olía a fresa, después se cogió a mi mano con fuerza y comenzamos a bailar. Casi olvidé los pasos, así que me dejé llevar. Me hacía girar vertiginosamente, me alejaba de su cuerpo para recogerme después en un abrazo, levantaba mi pierna apoyándola sobre su cadera y acariciando mi muslo. Creí que no podría controlarme. Me echó hacía atrás, arqueando mi espalda sobre su brazo, pegando la parte inferior de mi cuerpo al suyo mientras con sus dedos rozaba mis labios, mi barbilla, mi cuello, hasta llegar a mi barriga, pasando su mano entre mis pechos. Mi respiración se agitó, presa del deseo. Me levantó y su cara se quedó pegada a la mía, nariz con nariz, sin darme cuenta busqué su boca con mis labios, ansiando un beso, pero él se apartó discretamente; me moría allí, pegada a él, agarrada a su cuello, excitada, pero él volvió a girarme y sentí el aire frío, helado a mi alrededor. No pude continuar, recordaba aquel tema, estaba a punto de terminar. Me quedé allí, de espaldas a él, mi pecho subía y bajaba en una estremecida respiración, mi boca entreabierta cogía y soltaba aire por puro instinto mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Él se quedó mirándome, con su brazo levantado esperando mi regreso, hasta que el triste tango finalizó. No pude moverme de allí. Los que nos rodeaban rompieron en un emocionado aplauso, yo levanté mi vista del suelo y me topé con los ojos de un chico, le miré angustiada y él me echó una mano, lanzándose a la pista al compás de la nueva música que sonaba, arrastrando a sus amigos y después al resto, me sonrió al pasar por mi lado. Yo seguía allí, no me atrevía a moverme. Me volví con miedo, temiendo encontrarme con su metro ochenta y seis cerca de mí. Él continuaba en el mismo lugar, sonriendo, rodeado de gente. Intenté sonreírle pero no pude. ¿Qué pasaba dentro de mí? ¿Tan fuerte era el sentimiento que generaba un tango? Javier se acercó a mi abriéndose paso entre la gente, con una amplia sonrisa en los labios. Llegó y me besó suavemente, en un rápido contacto labial. Se acercó a mi oreja y me habló.

  • Guau, estoy sorprendido, tienes que enseñarme a bailar esto. Se me han puesto los pelos de punta.
  • Sí – susurré yo.

          Apoyé mi boca y mi barbilla en su hombro, mis ojos se quedaron a la altura suficiente para mirarle, continuaba allí, esperándome. Javier me agarró y comenzó a moverse al ritmo de la música. Sonreí. Marcos bajó la mirada y desapareció.

          Por más que intentaba borrar aquel momento de mi mente no lo conseguía. Algunos de los que pasaban por allí me miraban reconociéndome como la chica del tango. Mi cabeza estaba a punto de explotar, cada vez que tenía la oportunidad, cuando Javier iba a pedir algo o con la excusa de ir al servicio, aprovechaba para buscarle, pero por más que lo intenté no logré volver a verle. Era como si se hubiera evaporado de allí.

…/… Continua

Valoración del capítulo:
5/5